Aunque actualmente vive en el Cajón del Romero, confiesa que su mente está conectada con la localidad de Agua Grande donde asegura están sus recuerdos de infancia, a pesar de que en ambos lugares coloca su energía como dirigenta social de los crianceros y Junta de Vecinos. Todo un ejemplo de fortaleza.

“A mí me gusta el cerro, no volvería a la ciudad, aunque me pusieran una casa de lujo en La Serena”, con esta frase la señora María Angélica Contreras (58) resume la característica de su vida marcada por el esfuerzo. Ella misma reconoce que surgió de una familia humilde, pero que le inculcó cariño por el trabajo.

“Eso mismo me llevó a ser dirigenta, para ayudar a las personas y que no pasaran la misma historia que habíamos vivido nosotros”, expresa a Periódico El Daín. No tiene problemas en reconocer que cuando chica pasó hambre junto a sus siete hermanos, “pero, después fuimos aprendiendo e hicimos las cosas mejor”, precisa.

Actualmente vive en el Cajón del Romero en el Bosque de María, lugar al que llegó hace más de 20 años. Sin embargo, admite que su mente sigue conectada con el pueblo de Agua Grande donde espera volver en el corto tiempo. De hecho, pidió si la entrevista la podríamos continuar en la que considera su tierra. Así lo hicimos.

Toda su niñez estuvo vinculada con esta localidad. Allí convivió con su abuela Albertina, su tía Isolina Alfaro y su tío Manuel Alfaro. Sus padres fueron Gabriel Hidalgo y su madre Nora Vega Contreras, quien fue manipuladora de alimentos en el colegio de Agua Grande.

El diálogo lo reanudamos en el frontis de una vivienda de barro y piedras que durante años fue el espacio donde creció. “Vivimos siete hermanos y mi mamá, quien llegó del sector de La Higuerita, le pagó a una persona para que le construyera esta casita (la muestra con orgullo) y trabajaba como manipuladora de alimentos en la escuela G-45 de Agua Grande (…) Me gusta trabajar por la comunidad, hacer cosas y ver la necesidad de cada familia y sus inquietudes”, profundiza.

Admite que su liderazgo surgió en medio de la necesidad, “fuimos una familia muy pobre y nació para tener una mejor vida, recurrir a las autoridades para que ayudaran en el sector y a las familias”. De hecho, plantea que entre sus hermanos fue la única que sacó este liderazgo, “y las ganas de andar en las directivas de juntas de vecinos y comité de crianceros”.

SÍMBOLOS IMPORTANTES

En Agua Grande la señora María se siente a sus anchas. Nos invita a recorrer los principales rincones del pueblo que están conectados con su infancia. Uno de ellos la plaza Domitila Alfaro. Una antigua pobladora y hermana de su tía Isolina Alfaro.

“Ella regaba la plaza y fue un muy buena persona”, subraya. También una vivienda emblemática es la de don Isidro Torres (hoy es el nombre de una calle) y padre de su abuelo Emilio. “Tenía un negocio como una pulpería donde veníamos a comprar”, rememora.

Moviendo la cabeza, lamenta la destrucción de la estación de Ferrocarriles, de la cual sólo quedaron los cimientos. De inmediato sus recuerdos se vinculan con el paso del tren. “Lo bonito del ferrocarril donde las personas trabajaban vendiendo sus tortillas en sus canastos, se iban en el tren hasta Almirante Latorre y luego se devolvían esperando la otra máquina. Eso le servía como un ingreso a la familia. Ojalá volviera el tren, lo mismo que la estación era una verdadera reliquia. Lamentablemente no todas las personas lo piensan así y la fueron destruyendo. Eso no debió pasar, pero ocurrió”, confiesa. No obstante, aún está en pie una bodega de Ferronor que funciona como local para la ronda médica de salud que visita el sector una vez al mes.

En 1979 emigró a Lambert donde estudió tres años y luego viajaron a Chañaral luego que su hermana se casó con un trabajador de ferrocarriles. “Agua Grande es el pueblo donde nací, aquí está mi historia y donde fui creciendo. Estamos (entrevista) en la casita donde nos criamos, igualmente tengo recuerdos del colegio en que estudiamos, de los trenes que pasaban por la línea y trabajaban ‘los carrunchos’. Las tropas de caballos y burros donde las personas bajaban con sus cosas a la ciudad para venderlas”, recuerda.

Con el tiempo emigró a Las Compañías por el estudio de sus hijos, hasta que terminó anclando en el sector de El Cajón de El Romero. En este lugar sus planes fueron emprender con un camping. Con el apoyo de programas estatales de Indap ha dado pasos concretos, pero no todo lo que ella hubiese deseado, “como no están los recursos, me ha sido difícil avanzar, pero, para ser sincera, a mí me gusta Agua Grande, porque esa es mi tierra. Cuando llego a ver a la gente voy contenta y al regresar me pongo triste, porque ese es mi lugar. Allá están mis raíces, nacimos todos y crecimos. Siempre le digo a mi gente, ‘a mí me gusta Agua Grande y tengo que irme para allá’ y no lo he hecho por mi hijo que está estudiando”.

LAS PRIMERAS LETRAS

La escuela es el inmueble que le genera mayor nostalgia. “Es el recuerdo de mi infancia. Aquí venía con el primer bolsón, una bolsa de leche, un cuaderno y un lápiz, esperando que llegara el profesor. Aprendimos las primeras letras y estuve hasta sexto año, fui feliz, aquí jugábamos y la pasábamos bien, había unos 150 niños”. Precisamente desde el frontis de la escuela lanza los sueños y planes para Agua Grande, “mejorar la calidad de vida de las personas, también hemos pensado en la confección de un mural con la historia del lugar y mantener los inmuebles antiguos del sector”, puntualiza.

Hoy el movimiento al pueblo se lo entrega el comité de crianceros, el club deportivo y están por formar el club del adulto mayor. En forma estable en el territorio viven unas 5 familias, pero el fin de semana la población se incrementa, “todos tienen una nostalgia por el pueblo, además que se consideran ‘chaguarinos’, porque han vivido sus padres, abuelos que llegaron de las majadas. Es un pueblo, sano y tranquilo”, insiste.

En el retornar a Agua Grande no sólo está el interés personal, sino que también el seguir trabajando por el territorio. “Yo nací con eso, ser una dirigente y llevó más de 40 años trabajando por ellos. Veo la necesidad de cada familia y el ayudar es lo que me motiva”, subraya.

Destaca que el sueño es desarrollar un emprendimiento turístico campestre en el terreno familiar de Agua Grande, “es un espacio donde hay bastante agua y también se puede crear una huerta comunitaria. Aquí soy feliz y me siento contenta, miro los cerros, donde yo nací, además que uno anda libremente y más tranquila”.

ACTIVA LABOR DIRIGENCIAL

En Agua Grande lidera el comité de Crianceros, la Junta de Vecinos y también fue dirigenta en Lambert, mientras que a su vez es presidenta del comité de crianceros del Cajón del Romero. “A mí me gusta el cerro, no volvería a la ciudad, aunque me pusieran una casa de lujo en La Serena. Nací en el campo y voy a morir aquí. Me gusta trabajar y en forma dura. Construí pozos de 9 y 10 metros y he trabajado bastante en la tierra sembrando y picando”, plantea con pasión.

Actualmente cosecha aceitunas, duraznos y su fuerte es la crianza de gallinas. En su momento también tuvo ganado caprino, pero el aumento de la población en el sector la llevó a terminar con esta práctica. Lamenta que cada día la actividad ganadera se esté extinguiendo, “porque no debería irse la gente del campo a la ciudad, porque es tan bonito, se vive tranquilo, aunque la gente ha emigrado por la escasez hídrica y la falta de lluvias”, manifiesta.